El olfato, la boca, los ojos, el estómago, la mente y los sentimientos
condicionan distintas conductas alimentarias, que se identifican con
diversos tipos de hambre.
¿Quién no ha sentido ganas de comer la hamburguesa con patatas fritas cuando ve el anuncio por televisión?
¿O no puede evitar comer palomitas cuando entra al cine? ¿Y entrar en
la pastelería a por un cruasán cuando percibe el olor del hojaldre
recién hecho? Este tipo de conductas, ¿responden al hambre entendida
como una necesidad básica o más bien a apetito o apetencia por algún
alimento concreto? ¿Sabríamos contar cuántas veces a lo largo del día
tenemos pensamientos centrados en la comida o en los alimentos? Aunque
pueda parecer una obviedad, en muchas ocasiones comemos sin pensar, como un acto reflejo y sin tomar conciencia del momento. Para evitar este comportamiento y sus consecuencias, a continuación se describen los siete tipos de hambre que, en general, nos condicionan.
Tipos de hambre: siete casos que nos condicionan
Jan Chozen Bays, pediatra de Harvard y autora del libro 'Mindful Eating: A guide to Rediscovering a Healthy and Joyful Relationship with Food'
('Comer Consciente: Una guía para redescubrir una relación sana y
alegre con los alimentos') identifica siete tipos de hambre, una
clasificación que ayuda a esclarecer los distintos comportamientos
alimentarios con los que nos podemos sentir identificados, de forma
habitual o en momentos concretos de nuestras vivencias. Dado que nuestra
manera de relacionarnos con la comida afecta a nuestra salud, resulta
interesante reconocer y reflexionar sobre el tipo de comportamiento
alimentario con el que uno se siente identificado.
1. Comer por los ojos. Es el tipo de hambre que nos hace comer incluso cuando estamos llenos al ver la foto de un postre o de una jugosa hamburguesa; o beber un refresco al ver el anuncio de una bebida burbujeante... Hay que reconocer el gran trabajo de las sesiones de "maquillaje"
que se aplican a los alimentos que aparecen en carteles, paneles,
anuncios de televisión o menús de restaurantes para hacerlos más
apetitosos, acentuar su color natural o conseguir los colores más vivos
posibles, entre otras particularidades. El objetivo perseguido es que
los "potenciales consumidores" deseemos comer el alimento al
experimentar "solo con verlo" la gustosa sensación de "crujiente" al ver
la foto de las patatas fritas; sentir cómo el chocolate se "derrite" en
la boca y reconocer como "fresquísimas y turgentes" las hojas de
lechuga y las rodajas de tomate de la hamburguesa de la foto. Según
señala Bays, son muchas las investigaciones que han demostrado que "la vista es muy potente a la hora de influir en el comportamiento alimentario
e incluso puede anular todas las demás señales de saciedad". ¿Hasta qué
punto nos influye este aspecto a la hora de desear comer determinados
alimentos?
2. Hambre de olfato. De manera continuada estamos
expuestos a aromas de alimentos tentadores, como el del pan o los
cruasanes recién horneados, el del café recién hecho o el de las
palomitas de maíz a la entrada del cine. Antes de lanzarse de manera
precipitada (y sin pensar) a comer estos alimentos tan atractivos, los
expertos coinciden en la importancia de tomar conciencia de la
situación: pararse antes y pensar si de verdad se tiene hambre, cuántas
horas han pasado desde la última comida, y cuánto queda para la
siguiente. Bays, además, sugiere hacer un ejercicio de toma de
conciencia, y tratar de dar respuesta a las siguientes cuestiones:
- ¿Cuántos olores puede detectar al margen del que desprenden los alimentos que han despertado su interés?
- ¿Cómo cambia el sabor del alimento a medida que inhala y exhala?
- ¿Cuánto tiempo persiste el sabor después de tragar?
Por otra parte, distintos ensayos clínicos se centran en la capacidad de saciar que tiene el sentido del olfato. Desde el Research Center of the Institut Paul Bocuse se parte de la hipótesis
de que el aroma de un alimento que se ingiere al comienzo de una comida
disminuye o suaviza el sabor de un alimento con el mismo aroma que se
ingiere al final. Esta cualidad, bien analizada y conocida, puede servir
para modular ciertas conductas alimentarias o favorecer el control de
la saciedad.
3. Hambre de boca. La experta en comportamiento
alimentario lo describe como "el tipo de hambre que experimentan quienes
tienen la 'necesidad' de probar constantemente nuevos sabores y
texturas". Una forma de advertir estas sensaciones es prepararse un
plato compuesto por alimentos de diferentes texturas: zanahorias crudas y
frías, patatas calientes y cremosas, palomitas de maíz, colines de
pan..., masticar cada bocado entre 15 y 20 veces, y centrar la atención
en las sensaciones de la boca y en los movimientos de la lengua. También
resulta curioso experimentar la textura y el sabor de alimentos menos
comunes, como distintas frutas exóticas (el maracuyá, los lichis o los
nísperos, entre otros) según se prueben todavía verdes o en su punto
óptimo de consumo. En otras circunstancias de pérdida de salud se
experimenta justo lo contrario, la pérdida de gusto
por los alimentos. Esforzarse en la presentación de los platos, en los
olores y en las texturas es fundamental para que la persona enferma
recupere el apetito y la salud.
4. Hambre de estómago. "Tengo ataques de hambre" es una
frase que refleja este tipo de apetito, que conduce a comer más y de una
manera desmedida. En estos casos, es importante dar pautas y enseñar técnicas de control
de la ingesta para distinguir y no confundir la sensación de ansiedad
con el hambre. ¿Tengo realmente hambre o en realidad es apetencia por
algún sabor o por algún alimento en concreto? ¿Me entran ganas de comer
siempre a la misma hora? Si por el contrario, el "estómago" pide algún
alimento concreto, la doctora sugiere observarse a uno mismo y reconocer
las sensaciones que le invaden en cada momento. ¿Tensión? ¿Nerviosismo?
¿Inquietud? ¿Fatiga mental? ¿Alegría? ¿Euforia? Es posible que el
cuerpo no esté necesitado tanto de comida, pero sí de descanso. Unos
ejercicios de estiramientos, unas respiraciones profundas, salir a la
calle unos minutos a respirar aire fresco pueden ayudar a identificar el
origen del apetito. Saborear un té o comer pausadamente una fruta o
unas tortitas de cereales son algunas propuestas sanas; mucho más
ligeras (y digestivas) que caer en la tentación de comer la galleta de
chocolate, el bombón, las patatas fritas o los frutos secos.
5. Hambre celular. Responde a uno de los instintos más primarios: cuestión de supervivencia. Por ejemplo, está estudiado que la preferencia por el sabor dulce
es innata, determinada por una predisposición genética a sobrevivir, al
mantenimiento de la especie. La especialista explica este tipo de
hambre como la necesidad orgánica de ciertos nutrientes que se ve
referida como la querencia por comer alimentos muy concretos: chocolate,
zanahorias, almendras (y no otros frutos secos), queso, sardinas
enlatadas... También advierte que "el cuerpo lo pide para funcionar de
manera óptima, aunque la mayoría de nosotros hemos perdido la capacidad
de oír lo que nos está pidiendo", ya que popularmente estos
comportamientos se identifican como "antojos".
6. Mind hunger o hambre de mente o de pensamientos.
Pensamientos como "tengo que comer menos azúcar", "debo cocinar con
menos grasa", "desayuno el doble porque tal vez no tenga tiempo de
almorzar", o "después de este día tan estresante, me merezco un bollo de
chocolate" son algunos ejemplos de este tipo de "hambre". Pero también
lo son aquellas maneras en el comer condicionadas por los resultados de
los últimos estudios científicos (alabanza o exaltación de ciertos
alimentos a los que se asocian propiedades muy saludables), aunque no
tenga el consenso de la comunidad científica o sea producto del marketing
alimentario del momento. Pero "por si acaso"... La doctora Bays
traslada una reflexión muy interesante, que es que "cuando comemos en
base a los pensamientos, nuestra alimentación se basa por lo general en
la preocupación", lo cual nos puede conducir a comer demasiado sin
justificación, o todo lo contrario, a dietas estrictas
sin fundamento dietético ni médico, a una alimentación muy limitada y
monótona que no se puede sostener en el tiempo porque comprometería la
propia salud física y el equilibrio mental. El poder de la mente es
inmenso, y es el responsable en gran medida de nuestro comportamiento
alimentario.
7. Hambre del corazón. Es el tipo de hambre que se siente ante un vacío sentimental,
que conduce a buscar el alimento o la comida como modo de compensar o
llenar ese vacío, que evoque los momentos felices vividos y, de una
manera indirecta, al comerlo, uno se siente bien, reconfortado. Según
Bays, las relaciones "más desequilibradas con los alimentos son causadas
por no atender a los sentimientos". En esta línea, el psicólogo clínico
Esteban Cañamares, especialista en temas de comportamiento alimentario,
cuenta en su libro '¿Por qué no puedo adelgazar?' lo importante de
recordar que "comer es un placer, y como tal puede exagerarse para
compensar insatisfacciones en otras áreas de la vida". De ahí la
importancia de llenar los corazones de distintas maneras, tal y como
plantean los especialistas: atender a los amigos, llamar a un ser
querido, cuidar el jardín, hacer un regalo, escuchar música, dar un
paseo, disfrutar de la naturaleza, agradecer lo que se tiene...
Via:
http://www.consumer.es/web/es/alimentacion/aprender_a_comer_bien/curiosidades/2013/09/19/218127.php
Volver cuanto antes a los buenos hábitos alimentarios es la fórmula más
eficaz para liberarse de la hinchazón abdominal y de los kilos ganados
durante el verano
¿Cómo podemos recuperar la rutina de una dieta sana sin que aparezcan o se acentúen losepisodios de ansiedad por haber comido aquello que menos conviene? Dejar las patatas fritas y
las cañitas tan típicas del verano y volver poco a poco a la comida
casera, equilibrada, menos calórica o grasienta es fundamental, tanto
para el bienestar físico como para el equilibrio emocional. Los mayores excesos
cometidos durante las vacaciones se reflejan con malestares -sobre
todo, digestivos-, con unos kilos ganados, e incluso con persistentes y
molestas contracturas o dolencias musculares y articulares. Es el
momento de cumplir con el refrán "no dejes para mañana lo que puedas
hacer hoy"; síntoma de buena salud, seguridad, confianza, buen ánimo y
buena disponibilidad. A continuación se detallan los errores
alimentarios más comunes que se cometen durante el verano y se brindan
ideas para iniciar el cambio alimentario.
Cuatro ideas para iniciar el cambio alimentario
Aunque el objetivo final sea retomar unos buenos hábitos alimentarios
tras las transgresiones dietéticas del periodo estival, los cambios
radicales de inicio pueden agravar la ansiedad, la angustia y la pereza
que acompañan a la vuelta. Así, las dos primeras semanas tras el retorno
se pueden dedicar a llevar a cabo el cambio gradual tanto de alimentos
como de frecuencia de consumo, horarios de comidas y modos en el comer,
con el fin de no pasar de un día a otro del típico "menú de vacaciones" a
la comida "de trabajo".
Volver cuanto antes a los buenos hábitos alimentarios es la fórmula más
eficaz para sentir los resultados de una dieta sana; para liberarse de
la hinchazón abdominal y de los kilos ganados durante el verano. Para
ajustar el cambio a las necesidades de cada uno, a continuación se
listan los principales errores alimentarios del verano y sus respectivos
consejos para erradicarlos.
El menú veraniego dulce. Es lo típico de desayunar
tostadas untadas con mermelada o crema de cacao azucarada y zumo; tomar
postres dulces, un helado diario, refrescos o zumos azucarados entre
horas, chocolate, chucherías, etc.
-
El cambio obligado: freno a los azúcares. Además de los
típicos alimentos dulces y azucarados, a la hora de frenar el consumo
de azúcares cabe considerar y limitar la ingesta de otros productos de presencia habitual en la alimentación como cereales de desayuno,
zumos, ciertas bebidas, etc. Los siguientes consejos ayudan a hacer más saludables las tentaciones dulces: usar vajilla pequeña, servir el postre y retirar o sustituir el
azúcar de las recetas por otros alimentos más sanos. Un buen comienzo
puede ser sustituir las galletas o las tostadas con mermelada por pan
tostado con aceite, pan con jamón, o acompañado con queso fresco o con
requesón y nueces, con mezcla de frutos secos, un muesli... Y de postre,
tras las comidas, una infusión digestiva (las que llevan regaliz tienen
un contrapunto dulce muy gustoso).
Escasez de frutas. Aunque la oferta de fruta veraniega
es la más variada, colorida y dulzona en comparación con el resto de
temporadas, para muchas personas queda relegada a un segundo plano
cuando aparecen los postres dulces y los helados, o pasan directo al
café con hielo. La sequedad de la piel y del cabello la descamación, más acentuada en codos, rodillas, talones o en el
cuero cabelludo, pueden empeorar por un aporte insuficiente de
nutrientes (como las vitaminas A y C) que sirven a la regeneración
celular.
-
El cambio obligado: fruta fresca, a diario. Las frutas
más ricas en los nutrientes dermo-protectores son: naranjas, kiwi,
mango, nísperos, caquis y frutos del bosque (grosellas, frambuesas,
arándanos). Los orejones de albaricoque concentran hasta diez veces más
vitamina A y carotenoides que el resto de frutas secas, y más aún que la
fruta fresca. Se puede comenzar la mañana con un bol de copos de avena con orejones
y manzana rallada. Comer la fruta antes de las comidas puede ser un
hábito fácil de recordar y de repetir hasta que se convierta en una sana
costumbre. Después de tanto exceso, tomar en ayunas agua con zumo de
limón es un buen complemento.
Verano de barbacoas y parrilladas. Las costumbres
alimentarias veraniegas predisponen por lo general a un consumo
exagerado de proteína animal. A los desayunos de buffet libre colmados de huevos en sus variadas presentaciones (fritos, revueltos,
duros...), bacón, jamón, diversidad de quesos, etc., se suman las
barbacoas de carnes y embutidos, las parrilladas de pescados y de
marisco... Si se hicieran cuentas de la cantidad diaria de proteinas
ingerida, se superaría con creces la recomendación de consumo de 0,8-1
gramo por kilo de peso y día, con las consecuencias nefastas para la
salud de tanto exceso mantenido.
-
El cambio obligado: tope a la proteína animal. Para
quienes son muy "carnívoros", el inicio del cambio puede ser limitar la
ración de proteína animal (carne, pescado o huevos) en comidas o cenas, y
en cantidades razonables; unos 150 gramos de pescado o 120 gramos de
carne. A partir de ahí se puede integrar como un hábito saludable el
hecho de no tomar carne al menos un día por semana, o siempre que se
coman legumbres. En este caso, las legumbres se combinan con cereales
(arroz, cuscús, bulgur, mijo...) y se acompañan de un plato de verdura o
de ensalada para conformar un menú completo, nutritivo y saludable, y
para la cena se reserva el pescado.
Refrescos y cervezas a diario. Las bebidas carbonatadas
proporcionan sensación de hinchazón, aumentan el volumen y pueden
sumarse como causa de hinchazón abdominal, flatulencias y molestias
digestivas. El alcohol, aunque provenga de bebidas de baja graduación
(cerveza, vino, sidra, cava), lleva asociados riesgos
y carga la función hepática, dado que el hígado tiene una capacidad
limitada para metabolizarlo. Por ello no conviene excederse tampoco en
vacaciones. Las bebidas energéticas,
dada su naturaleza excitante, suponen un problema para la salud de
quienes tienen hipertensión y cardiopatías, y pueden alterar demasiado a
quienes son sensibles a la cafeína.
-
El cambio obligado: adiós a las burbujas. El agua fresca, filtrada o embotellada, debe contemplarse ya como bebida de elección. Si se pretende acentuar el efecto depurativo del agua, se puede tomar como entrante de comidas y cenas un caldo de
verduras, y agua con limón en ayunas. El apio, la borraja, la achicoria,
la lechuga, la cebolla, la col o el rábano son hortalizas y verduras
que añadir al caldo vegetal. Escoger, entre todos los alimentos, los más
idóneos para combatir la hinchazón abdominal ayuda a sentirse antes más ligero.
Planificar el menú de la semana
Septiembre, mes de retorno vacacional para la mayoría de la población,
coincide también con el comienzo de los niños en la escuela, pero solo
hasta mediodía. Esto significa que comen en casa, de modo que se ha de
procurar tener planificada toda la semana
de menús para improvisar lo menos posible la alimentación familiar. Los
niños también sufren los cambios, y les cuesta adaptarse a los ritmos
ordenados de las comidas, a las pautas de alimentación más equilibradas,
sin tanta permisividad como la que han disfrutado durante las
vacaciones.
-
Plan de menús. Para que la organización sea más
sencilla, es necesario ser previsores y aprovechar el tiempo libre entre
semana o el fin de semana para preparar comidas para los siguientes
días. En el frigorífico, las comidas preparadas, guardadas en
recipientes cerrados pueden conservarse en perfecto estado entre 2 y 4
días. Para el resto, si se han podido adelantar algunos guisos, estos se
pueden congelar y descongelar justo el día anterior.
-
Horarios. Los horarios son importantes y, una vez en
casa, conviene retomar de la manera más rápida y natural posible el
ritmo de horarios anterior; desde los desayunos hasta las meriendas y
las cenas. Hasta conseguir adaptarse a las exigencias del ritmo diario
(hogar, laboral, etc.), los desajustes en los horarios de las comidas
pueden ser la causa o acentuar el mal humor, la fatiga, la irritabilidad
y la labilidad emocional. En el caso de los niños (el consejo también
sirve para las personas adultas) conviene que pasen al menos 3 horas
desde que han cenado hasta que se acuestan.
-
Rápido y sano. Se puede comenzar la comida casera con platos rápidos y sencillos, que posibilitan tener lista la comida o la cena en tan solo 10 minutos, pero sin comprometer la calidad nutricional.
Vía: http://www.consumer.es/web/es/alimentacion/aprender_a_comer_bien/2013/09/05/217776.php
Permanecer delgada durante el embarazo es la obsesión de cada vez más
mujeres. Las españolas tampoco se libran de esta tendencia, que no debe
de confundirse con la “pregorexia”, que afecta a las mujeres embarazadas
anoréxicas…
Victoria Beckham, Nicole Richie, Heidi Klum… No faltan ejemplos de
famosas embarazadas que presumen de extrema delgadez durante el
embarazo. A pesar de estar embarazadas, rozan la anorexia. No son más que el reflejo de la atención desmesurada que ciertas mujeres prestan a su peso a lo largo del embarazo.
Engordar durante el embarazo, atención a los mensajes de culpabilidad
No comer carne cruda,
evitar el queso o la leche sin pasteurizar, lavar las verduras y
hortalizas… las recomendaciones alimentarias durante el embarazo son
varias. Los médicos tratan de informar y sensibilizar a los pacientes
sobre la importancia de un aumento de peso moderado.
Aunque estas recomendaciones son necesarias e importantes, muchas madres
tienden a sentirse culpables cuando ven que pierden la forma. “Siempre
he seguido una dieta equilibrada y he estado delgada. Sin embargo,
cuando estaba embarazada, el médico no dejaba de repetirme que no tenía
que engordar demasiados kilos. Engordé 12 Kg. durante mi embarazo, lo
cual estaba dentro de los límites; pero a pesar de eso, cada mes que iba
a pesarme, el médico me hacía la misma advertencia. Hacía lo correcto,
pero sus palabras me hacían sentir muy culpable… Hasta tal punto que
temía que llegara la siguiente visita médica. Tenía miedo de
discutirnos, de hacer las cosas mal; era muy estresante”, declara
Caroline, una joven de Toulouse de 26 años.
Embarazo y conductas alimenticias
Según un estudio
australiano, el 41% de las mujeres embarazadas que no sufre anorexia
tiene problemas para controlar el peso y el 20% considera que es durante
esa etapa de su vida cuando más se preocupa por su peso y alimentación.
Más recientemente, se han realizado varios estudios sobre los
trastornos alimenticios durante el embarazo, en los que han participado
250 mujeres de la planta de maternidad de un hospital parisino. Estos
estudios han demostrado que las mujeres quieren controlar lo que comen
para no engordar demasiado (puesto que después del parto es muy difícil
desprenderse de esos kilos de más) y también para cubrir las necesidades
nutricionales del bebé. Así pues, para muchas se trata de alcanzar el
equilibrio entre sus propias necesidades y las del bebé, lo cual no
puede diagnosticarse como patología.
“El impacto del embarazo en la conducta alimenticia no es directo.
Depende del estado de la madre antes de quedarse embarazada (peso,
preocupación por la imagen, sentimiento de eficacia, antecedentes de
trastornos de la conducta alimenticia o, simplemente, conductas de
restricción). Aquellas mujeres que más se preocupan por su cuerpo antes
del embarazo serán, probablemente, las más propensas a padecer esta
enfermedad”, constata Claire Squire, psiquiatra y psicoanalista. En
general, las mujeres más exigentes con su imagen corporal son las que
peor llevan los cambios físicos que conlleva el embarazo.
Miedo de engordar durante el embarazo: atrévete a hablar de ello
Muchas mujeres
piensan en su silueta cuando están embarazadas… ¡pero se sienten
culpables por pensarlo! Por ese motivo, prefieren no hablar del tema y
no expresan sus dudas, y mucho menos sus angustias. “Si sientes que el
tema del peso te inquieta demasiado (te pesas más de una vez a la
semana, alternas excesos alimenticios y dietas, engordas muy poco…), no
dudes en comentarlo con tu entorno y consultar con un especialista”,
aconseja Claire Squires.
El nutricionista, el psicoterapeuta, el
sofrólogo… Estos profesionales pueden ayudar a las mujeres a aceptar
las distintas transformaciones que sufre su cuerpo durante los nueve
meses del embarazo. “Hablar del tema es fundamental, puesto que la
obsesión relacionada con la delgadez puede acarrear una depresión
durante o después del embarazo. Y eso puede afectar al bebé”, añade la
psiquiatra.
Embarazo y anorexia, los peligros para el bebé
Una debe de empezar a
preocuparse cuando el temor a engordar roza la obsesión y comporta una
conducta anoréxica. Los anglosajones también han ideado un término para
describir este fenómeno: la “pregorexia”, una contracción de “pregnant”
(embarazada) y “anorexia”, aunque también han inventado otro término:
“mommyrexia”. Cuidado porque privarse de comer puede perjudicar el crecimiento del bebé.
“La anorexia es una enfermedad que, en general, comienza durante la
adolescencia y provoca síntomas transitorios o incluso una enfermedad
crónica.
Si no se pone remedio a estos trastornos, pueden ir a
peor o reaparecer durante el embarazo, puesto que supone un aumento de
peso”, precisa Claire Squires. El embarazo de una mujer que sufre
anorexia conlleva varias consecuencias: que el bebé nazca con poco peso,
un retraso en el desarrollo, hipotrofia, un perímetro craniano
insuficiente y un riesgo de muerte perinatal multiplicado por seis.
Sin
embargo, la psiquiatra relativiza la importancia de este fenómeno: “Las
mujeres anoréxicas son muy conscientes de los riesgos que corre su
bebé, y se sienten muy culpables por poner en peligro la salud del bebé.
Por este motivo, se esfuerzan por comer lo suficiente durante el
embarazo. En cualquier caso, necesitan la ayuda de equipos de
psiquiatras y psicólogos”.
Encontrar el equilibrio
Todas
las madres deberían de saber que lo mejor para ellas es hallar un
equilibrio en vez de controlarse tan estrictamente el peso y, sobre
todo, no pasarse de la raya. Se aconseja un aumento de peso de al menos 9
Kg., puesto que el peso del bebé junto con el de la placenta y el
líquido amniótico corresponde a unos 7 Kg. más o menos.
Los aportes diarios recomendados son:
- 2000 Kcal. en caso de una mujer con actividad media durante el primer trimestre (más o menos los mismos que antes del embarazo;
- 2100 Kcal. durante el segundo trimestre;
- Entre 2250 y 2500 Kcal. durante el tercer trimestre de embarazo.
Y, en caso de que tardes un poco en perder esos kilos del embarazo
después del nacimiento del bebé, recuerda esta frase: “Nueve meses para
hacer un bebé, nueve más para deshacerlo”.
Via: http://nutricion.doctissimo.es/trastornos-de-la-conducta-alimentaria/trastornos-alimentarios/pregorexia-embarazo.html
Vivimos en un ambiente que muchos expertos califican de "obesógenico",
es decir, que incrementa las posibilidades de que los niños padezcan
obesidad.
Nuestro entorno dificulta la lactancia materna, facilita que
nuestros hijos sean sedentarios, pone a su alcance máquinas expendedoras de comida que en realidad no es del todo "comida", abarata los alimentos calóricos e incluye una publicidad constante de alimentos insanos.
También nacen como setas falsos gurús que promueven dietas milagro (que desorientan a la población y generan el llamado efecto yoyó.
Pese a que hay más factores en la ecuación -la obesidad es un fenómeno
complejo sobre el que influyen la genética, el entorno y otros aspectos
biológicos-, uno de los más significativos es el que se produce
en el hogar del menor, en los hábitos de la familia y en el ejemplo que
ofrecemos los adultos. El presente texto aborda dos cuestiones clave
para fomentar una dieta saludable desde casa.
Dieta infantil y salud: los padres son el modelo
Un estudio recién publicado en la prestigiosa revista científica International Journal of Obesity,
y centrado en niños de 2 a 5 años, ha evaluado el efecto del ambiente
del hogar sobre la cantidad de actividad física y la calidad de la dieta
de los pequeños en edad preescolar. Sus dos conclusiones han sido las
esperadas:
- Los modelos de conducta de los padres pueden reducir el consumo de alimentos "basura" de los niños y evitar su sedentarismo.
- Limitar el acceso a los alimentos insanos puede tanto aumentar la
cantidad de alimentos saludables que consumen los menores, como
disminuir su ingesta de comida "basura".
Estas constataciones se suman a las evidencias que apuntan que instaurar
una "política" de salud en el hogar y predicar con el ejemplo son
aspectos cruciales a la hora de promover unos buenos hábitos en los
menores. A continuación se analiza de forma breve cada una de estas dos claves.
1. Política saludable en el hogar
Tanto una alimentación sana como el ejercicio físico son pilares que sostendrán la salud de los menores durante el resto de su vida y prevendrán que sufra obesidad y una larga lista de enfermedades crónicas.
Es por ello que, dentro de las normas que los padres siguen a la hora de educar a los hijos, debe incluirse la implementación de una "política" saludable que contemple los siguientes aspectos:
-
Limitar la cantidad de alimentos insanos que hay en casa.
Existe un refrán que resume a la perfección este consejo: "Ojos que no
ven, corazón que no siente". Si el niño no tiene a su alcance alimentos
llenos de calorías pero faltos de nutrientes, nadie tendrá que
prohibírselos.
-
Fomentar un mayor número de comidas compartidas. Cada
vez más investigaciones científicas confirman algo de sentido común:
comer en familia mejora la calidad de la dieta del menor. Incluso
existen estudios que indican que este hábito puede evitar comportamientos de riesgo en adolescentes.
-
Promover la actividad física y restringir el tiempo que los niños dedican a actividades sedentarias.
La Academia Americana de Pediatría (AAP) aconseja limitar a menos de 2
horas diarias el tiempo que los pequeños dedican a ver televisión, jugar
a videojuegos o a navegar por Internet (los menores de 2 años de edad no deberían ver la televisión).
2. Más ejemplo y menos sermones para unos hábitos saludables
Hay otro dicho popular que contiene una gran dosis de sabiduría: "Predicar con el ejemplo
es el mejor argumento".
Que los propios padres escojan unas buenas
costumbres, tanto de alimentación como de actividad física, resulta
decisivo para que los niños sigan el mismo camino.
Por una parte, en un
hogar en el que los padres se alimentan de forma equilibrada es
muchísimo más probable que haya alimentos sanos al alcance del menor.
Numerosos estudios señalan que cuando en el hogar hay más frutas y
hortalizas, los pequeños consumen mayor cantidad de ellas. Y viceversa:
si en casa hay más alimentos insanos (como bebidas azucaradas), la ingesta del menor es menos saludable.
Por otra parte, si los padres evitan el sedentarismo, es muy poco
frecuente que permitan que sus hijos pasen horas frente al televisor o
jugando a videojuegos.
Harán lo posible para motivar al niño a que mueva
el esqueleto, ya sea mediante juegos, paseos, deportes o cualquier
actividad que haga acelerar el corazón.
Además, tendrán ropa deportiva
adaptada a la edad del niño o conocerán espacios en los que se pueda
mover con libertad.
Los investigadores responsables del estudio indicaron que los padres "son un modelo de rol para sus hijos" y que el ambiente en el hogar es "crítico" para prevenir la obesidad infantil.
Por último, que los padres mejoren sus propios hábitos con el objetivo
de promover la salud de sus hijos mejorará también su propia salud.
Un
círculo virtuoso que, como bien resume el cantautor (y médico) uruguayo Jorge Drexler, confirma que cuanto más damos, más recibimos.
Via: http://www.consumer.es/web/es/alimentacion/aprender_a_comer_bien/infancia_y_adolescencia/2013/08/09/217542.php#
Cuando comenzamos con la alimentación complementaria suele suceder
que, el bebé, si se lo permitimos, toque, se embadurne, aplaste, escupa y
hasta tire al suelo lo que le damos. Pero, ¿es malo que el bebé juegue con la comida?
Posiblemente a nosotros nos daban de comer papillas, bien sentaditos en la trona, cubiertos con un babero y haciéndonos el avioncito… pero de tocar las cosas de comer con las manos , nada de nada. Y nos cuesta ver que el niño se empeña en hacerlo.
Pero que un bebé juegue con la comida no tiene nada de malo, todo lo contrario, es lo más saludable para que desarrolle su experiencia alimentaria completamente. Su gran curiosidad y la necesidad de experimentar con todos sus sentidos le anima a hacerlo.
Aprender a comer no es aprender a abrir la boca cuando viene la
cuchara. Aprender sobre la comida es una aventura de colores, olores,
temperaturas, texturas, peso, consistencia y sabor. Por tanto que el
niño quiera jugar con la comida y tocarla va a ayudarle a desarrollar su
experiencia plena. Incluso podemos aplicar el método Baby-led Weaning,
que consiste en permitirle al bebé comer en trozos desde que comienza
la introducción de sólidos. Irá cogiendo los alimentos con la mano y
llevándoselos él mismo a la boca.
Tampoco es necesario que la casa quede hecha una pocilga, basta con
ponerle un plato antideslizante, unos plásticos en el suelo y, siempre
que sea posible, comer nosotros con ellos y cosa lo más parecidas
posibles, para que desee descubrir por él mismo lo que nosotros hacemos, fomentando de este modo buenos hábitos alimentarios desde temprana edad.
Asi que no, no es malo que el bebé juegue con la comida, jugar es su manera de aprender.
Via: http://www.bebesymas.com/alimentacion-para-bebes-y-ninos/es-malo-que-el-bebe-juegue-con-la-comida
Un tuit muy polémico del American Institute for Cancer Research ha llevado a que algunos foros de internet echen humo a raíz de la sempiterna pregunta:
qué es antes el huevo o la gallina. O dicho de otra forma,
¿cómo hay que adelgazar: introduciendo alimentos “sanos” o dejando de tomar los superfluos?
En él, leemos lo siguiente: “Para reducir tu ingesta de calorías, no añadas hortalizas, frutas o cereales integrales. Escógelos en lugar de alimentos ricos en grasas o azúcares”.
Pero el tuit no está mal. De hecho, está la mar de bien. Muchas personas piensan, erróneamente, que no es preciso que dejen de tomar alimentos superfluos para conseguir su salvación nutricional, sino que basta con que tomen media zanahoria cruda de vez en cuando, para que sus “carotenoides antioxidantes fitoquímicos” ejerzan mágicos poderes antienvejecedores y, sobre todo, adelgazantes.
No funciona así. De hecho, tampoco funciona así en otras facetas de la vida.
Si quitamos el polvo de las estanterías, pero tenemos los zapatos llenos de barro, la habitación no quedará lo que se dice “impoluta”. Mejor sería limpiar primero nuestros sucios zapatos, para luego dedicarnos al orden y concierto de la habitación.
Así, para disminuir la ingesta calórica o para mejorar el perfil nutricional de nuestra dieta, no basta con “añadir” alimentos sanos, hay que dejar de tomar alimentos con muchas calorías. Una vez eliminadas las (muchas) calorías que nos aportan los alimentos superfluos (refrescos, bollería, repostería, helados, aperitivos salados, postres lácteos, salsas, bebidas alcohólicas, etcétera), en ese momento podemos empezar a plantearnos añadir frutas, hortalizas, cereales integrales, legumbres o frutos secos.
(No debemos olvidar que para tener una vida saludable es imprescindible compaginar una alimentación sana con la práctica de deporte)
Via: http://comeronocomer.es/rumores/rumor-para-adelgazar-basta-con-anadir-alimentos-sanos
El verano es una época especial del año. Los días son más largos,
socializamos más y, ¡por supuesto! hay vacaciones por medio, sin contar
con helados, granizados y un sinfín de tentaciones en forma de comida.
El verano es, sin lugar a dudas, la época del año más relajada que hay.
Quizás por ello, muchas veces el proyecto de comenzar una dieta (que,
como sabéis para mí es sinónimo de “comenzar a cuidarme, quererme e ir
por lo que quiero en la vida”) lo dejamos para después, porque claro ¡a
ver quién es el guapo que resiste a tantas tentaciones! Pues tú, si realmente lo quieres.
El verano no es excusa. Es más, si te pones a
pensarlo fríamente, tienes la oportunidad de cuidarte más: – Al tener
más tiempo libre, puedes practicar ejercicio.
- Como hace buen tiempo, ¡no necesitas enterrarte en un gimnasio! Sal a pasear, a correr, a patinar,…
- Como hace más calor, apetecen cosas más fresquitas. Así que las frutas, las ensaladas, los zumos, etc. son tus aliados.
- Bebes más, lo que siempre te ayudará a sentirte más saciada y a equilibrar la ingesta de líquidos.
Además, el verano son 3 meses. ¿Cuánto tiempo de te vas de
vacaciones? ¿15 días? ¿Un mes? Si tienes la suerte de poder irte un mes,
no deja de ser un tercio del tiempo de verano. En esos 30 días harás
una media de 4 comidas diarias, lo que significa 120 comidas. ¿Vas a
hacer 120 comidas desastrosas? ¿120 paellas? (si es así, vete poniendo
en contacto con el Ayuntamiento de Calasparra, para que te hagan un
monumento.) Pero es que aunque así fuera… ¿Vas a dejar de cuidarte 3
meses por ello? Hay un círculo vicioso muy común:
- Tras el verano, me siento fatal porque he engordado y me paso el mes de septiembre castigándome por ello, así que
- Llega Octubre y me digo “venga, me voy a poner a dieta” pero como las Navidades están a la vuelta de la esquina….
- Tras las Navidades, me flagelo mucho más “¿Ves? ¡Has vuelto a engordar! Jamás lo vas a conseguir”, así que
- Enero y febrero me lo paso llorando por las esquinas y planificando la operación bikini que
- Comienzo en marzo convencidísima de que me voy a quitar lo que me sobra
- Llega finales de Junio y bueno, sí, me he quitado unos cuantos Kgs, así que ¡vacaciones!
- Y… vuelta a empezar.
Y, sin darte cuenta, vives año tras año un círculo vicioso que te atrapa en tu cuerpo, en tus sentimientos de fracaso y en tu vida “de gorda”.
Y, a muchas personas, en dietas milagros y cambios drásticos de peso.
Conozco a una mujer que su talla en ropa de invierno es la 50, y la de
verano… ¡la 46! ¿Dos tallas en un mismo año? ¿No ves que vives atrapada
en un círculo vicioso? ¿No deseas, de corazón, mantenerte en una vida
sana -y un cuerpo- durante el resto de tu vida? Corta con todos los
círculos viciosos de tu vida. Mientras vivas en ellos, no dejarás que
lleguen a tu vida personas, situaciones, experiencias y sentimientos
nuevos.
En realidad, el verano es la excusa para no comenzar a cuidarte.
Pero la pregunta es… ¿Para qué dejas de cuidarte? Cualquier
época del año es buena para amarte y ocuparte de ti y de tu
alimentación. ¡Ojo! No estoy diciendo que te pongas a dieta de
adelgazamiento, sino que te cuides esas vacaciones, vuelvas a tu vida y
sigas cuidándote. El nivel lo pones tú. El verano es una época perfecta
para comenzar a asumir una alimentación responsable: frutas, verduras, barbacoas (sí, si te lo propones, una barbacoa puede ser de lo más sano), bebidas sanas, etc. y empezar a indagar en esas razones que te hacen vivir en ese círculo.
Así que… ¿por qué no te dejas de excusas veraniegas y empiezas a amarte ya?
Via: http://evacamposnavarro.wordpress.com/2013/06/20/el-veranito-otra-excusa-mas/